¿Y a qué dices que estoy suscrita?

   /   23 diciembre 2013   /   Publicidad ¿Y a qué dices que estoy suscrita?

¿Había letra pequeña en el papel que rellené para el sorteo? ¿Les autoricé a añadir mi e-mail a sus bases de datos?

Durante los días 14 y 15 de diciembre se celebró en Barcelona la sexta edición de “el Festivalet”, una propuesta que se vende bajo la definición de feria independiente donde se muestran productos hechos a mano en el territorio catalán. ¿Qué pude ver en ese tal Festivalet, realmente? En realidad, se trata de una sucesión de stands presididos por jóvenes que intentan tirar adelante negocios “buenrollistas” (ay, amigos, ¿os acordáis de mi anterior escupitajo en TCR? ¿Lo veis? ¡Tengo razón, están por todas partes!).

Aún y así, me sorprende que este año 2013 se realizara la sexta edición de tan curioso festival. Mi hipótesis (¡ojo, hipótesis!) es la siguiente: el evento nació alojando a cuatro stands contados, quizá mamás que vendían prendas de ganchillo, cojines rellenados (sí, como los pavos por Navidad) por ellas mismas o cuadros que habían pintado. Este año lo que había eran pequeños restos de este tipo de stands, a los que se añadían de manera masiva stands hipsters (que vendían gafas sin cristales con monturas de madera, por ejemplo), hippies (extraña mezcla) con largas barbas y melenas y mucho, mucho stand buenrollista. Pero que no os engañe el tono que uso para hablar del “Festivalet”: vendían un montón de cosas monas que yo no necesitaba, así que me encantó.

Pero ya está bien de meterse tanto con lo buenrollista, porque no es eso de lo que quería hablar en este artículo. El caso es que unos tres días después del Festival me llegó, sorpresa sorpresa, un email de la empresa/tienda online a la que le había dejado mis datos, con toda la buena voluntad del mundo, para participar en un sorteo de sus productos. Me volví loca. ¿Había letra pequeña en el papel que rellené para participar en el sorteo? ¿Les autoricé a añadir mi dirección de correo electrónico a sus bases de datos? ¿Habían olvidado añadir la letra pequeña al papel que rellené y estaban contactando conmigo de manera totalmente ilegal? ¿Para qué era realmente el papel que había rellenado, acaso había vendido el alma al diablo sin darme cuenta?

Recibo una media de veinte emails de spam al día. Algunos de ellos los cuento como spam sin que realmente lo sean, como mi alerta diaria de Infojobs fijada años a y con trabajos que ahora no aceptaría por nada del mundo o mi boletín de la web Muy Interesante, en la que hace meses que no entro. Así que dejémoslo en “solo” quince emails de spam al día. Además, y sin saber muy bien por qué, cada día de mi vida sigo borrando estos quince o veinte emails que no me interesen en vez de ponerme a buscar la puñetera letra pequeña que, desde la parte inferior de cada email, debería indicarte el link en el que puedes cancelar “fácilmente” la suscripción diaria de spam (ni siquiera recuerdo en qué maldito momento la acepté…).

La cuestión es que por Internet circula información mía que ni yo misma sabría reconocer como propia. ¿Que me gusta el color lila? ¡Ostia gracias, ya ni me acordaba! Las direcciones de correo electrónico se compran y venden como churros un domingo por la mañana, de la misma manera que Google se sabe hasta tu horarios de levantarte, de comer o de dormir (sobretodo si eres de los que publicas estas cosas en las redes sociales). Absolutamente todas las acciones que llevamos a cabo en la red están monitorizadas, y otra cosa es que luego se agrupen para dar lugar a herramientas tan útiles para los publicistas como Alexa.com o, incluso, para permitir la existencia de los sencillos servicios de control sobre las estadísticas que hoy en día ya se ofrecen a cualquier persona que tenga un blog.

Y así, poco a poco, los consumidores cada vez tenemos un rol más pasivo. Existen toda una serie de comandos y de códigos informáticos que relacionan las búsquedas que hacemos y las páginas web en las que entramos para, después, ofrecernos información que “parece” de nuestro interés en todos los banners publicitarios con los que nos topamos. Si has comprado ropa en una tienda online puede que sea acertado machacarte durante meses con la publicidad de esa marca para que vuelvas a comprar en ella; sin embargo, si acabas de comprar una cámara carísima en Amazon, y por más que insista la marca en mostrarte banners y enviarte emails con diferentes modelos de cámaras, tú solo quieres una. Por lo menos deja que utilice durante un tiempo la que acabo de comprar antes de ofrecerme otra, ¿no?

Controlan nuestros gustos, vale. Pero es que también nos envían timos directamente a nuestras direcciones de correo electrónico y, como caigas en ellos, estás perdido. Entonces tu email pasa a formar parte de las listas de “personas fáciles de timar” y te empieza a llegar una cantidad ingente y sospechosa de mensajes en los que, con mayor o menor habilidad, intentan volver a timarte con otra argucia. ¡Ah, y ahora también espían nuestros perfiles en las redes sociales antes de contratarnos para un puesto laboral! ¿Que quieres ver nuestra tienda online, dices? Suscríbete y podrás disfrutar de ventajas exclusivas. Y ya que estás, ¿te interesaría suscribirte también a los boletines de estas otras diez marcas con las que mi web se encuentra asociada? No te preocupes, ¡podrás darte de baja en cualquier momento!

Una cuenta de correo electrónico, algo tan sencillo, inocente y puro, que nació sin pedirte nada a cambio y para que tú pudieras intercambiar con otros conversaciones serias… Mírala ahora, tan demacrada, convertida en una papelera gigante que miras a diario mientras piensas: “Mañana la vacío sin falta”.

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Ainoa Marco  

Estudiante de Publicidad y RR.PP. ¿Fotógrafa? ¿Diseñadora gráfica? Brotes verdes de artista. Reflexiva. Curiosa. Ciudadana del mundo. Ver perfil →


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